Batalla de Huamachuco (10 de julio de 1883).

 

El mando chileno concentró en el poblado serrano de Huamachuco, dos columnas chilenas fuertes
        en 1.600 hombres aproximadamente, bajo el  mando del Teniente Coronel Alejandro Gorostiaga,
        con la misión de impedir el paso al Norte de las tropas peruanas al mando del General Brigadier
        Andrés Cáceres, que era acosado por varias columnas chilenas.


        Por medio de estratagemas el hábil comandante peruano pudo eludir la persecución y seguir al Norte
        frente a unos 3.000 hombres. Su deseo derribar al General Iglesias, quien se había pronunciado
        junto a las provincias norteñas por la paz con Chile, aún debiendo sacrificar parte del territorio
        peruano, condición que exigía Chile para terminar con la ocupación del Perú y la guerra. Iglesias
        tenía a sus ordenes escasas tropas, las cuales no podrían o no querrían enfrentar al mítico caudillo
        serrano Cáceres, apodado ya por los chilenos como “El brujo de los Andes”. Por lo cual la única
        esperanza chilena para lograr la paz a su conveniencia pasaba por subordinar a los demás caudillos
        peruanos a Iglesias, de los cuales el principal opositor era justamente Cáceres.


        Las tropas chilenas en tanto estaban muy por debajo de su efectivo teórico, es más una de las
        columnas, que fue enviada en refuerzo de la otra, se componía de soldados recientemente repuestos
        de las nocivas enfermedades tropicales, que se ensañaban con las tropas chilenas, pero en
        general se trataba de tropas de buena calidad, compuesta en un gran número por reemplazos, pero
        con muchos veteranos lo que equilibraba la balanza, por este mismo motivo las tropas tenían una
        excelente moral. La ventaja del ejército chileno aparte de la excelente cohesión era que se
        encontraba armada mucho mejor que las tropas peruanas, aunque ambos ejércitos carecían de
        municiones suficientes para un combate prolongado.


        El ejército de Cáceres en tanto, era apoyado por numerosas montoneras sin ningún valer militar, al
        menos en lo referente a armamento y cohesión frente a soldados veteranos, como era el caso de los
        chilenos.

Al saber de la proximidad de Cáceres, Gorostiaga optó por abandonar el poblado y atrincherarse en
        el cerro Sazon, el ejército serrano en tanto se posesiono en el cerro Cuyulga, ambos ejércitos
        permanecieron en estas posiciones hasta el 10 de Julio de 1883, intercambiando esporádicamente
        descargas.

        Dos compañías de “Zapadores”, se descolgaron de sus posiciones en un reconocimiento de las
        posiciones peruanas, pues sospechaban que las tropas serranas podían haberse escabullido hacía el
        norte, lejos de esto, Cáceres había permanecido en ellas.
 
        Rápidamente los peruanos enfrentaron a los chilenos y los rechazaron, además saliendo
        agresivamente en su persecución amenazaron con envolverlas, la batalla había comenzado, dos
        compañías del Batallón (BI) Concepción enviadas a fin de evitar esto no pudieron evitar el cerco.

        Gorostiaga  frente a tal contingencia ordenó una carga de caballería al Escuadrón del  Regimiento de
        Caballería (RC) “Cazadores a Caballo”, quienes también fracasaron, Cáceres comenzó a enviar uno
        a uno sus BI a lo cual Gorostiaga reaccionaba enviando a su vez al llano una compañía por BI
        peruano

        Por fin el combate se generalizó, la infantería chilena flaqueaba y era rechazada en muchas partes de
        la línea de frente, pero un factor imprevisto cambio el curso de la batalla, ambos ejércitos
        comenzaban a sentir la escasez de municiones.

Cáceres ordenó a su artillería abandonar sus posiciones en el Cuyulga y bajar al llano con la
        intensión de bombardear a los chilenos, y según juzgo, decidir la batalla a su favor. Pero ese fue un
        error, puesto que Gorostiaga vio su oportunidad y ordenó a Parra ensayar otra carga, esta vez contra
        los indefensos cañones, el resultado fue el esperado los sirvientes fueron sableados y dispersados.

        Al ver esto Gorostiaga ordeno una carga general a la bayoneta, arma de la que carecían los
        peruanos, ese fue el fin, desmoralizados por la perdida de la artillería, sin municiones, ni armamento
        para enfrentar el combate cuerpo a cuerpo, la infantería peruana fue rechazada y dispersada,
        perdiendo una victoria que pudo resultar decisiva y que tuvieron al alcance de la mano.


        Lo que siguió después, las tropas sobrevivientes fueron acosadas sin piedad, incluso el mismo
        General Cáceres debió apelar a su excelente caballo para escapar de un pelotón chileno que le
        persiguió, incluso el Alférez de Caballería Ilabaca, alcanzo a realizarles algunos disparos con su
        revolver.


        Entre los cadáveres  quedaban los restos de los más notables oficiales y soldados peruanos, los
        chilenos realizaron después del combate innumerables fusilamientos(4). Días después el Coronel
        Leoncio Prado, también fue pasado por las armas, en el lecho donde yacía  a causa de una herida
        recibida en la batalla, enfrentó al pelotón con entereza y sangre fría, dirigiendo el mismo al
        pelotón de fusileros que le último.


        Contando estos fusilamientos, los peruanos perdieron alrededor de un millar de muertos, los chilenos
        por su parte tuvieron menos de 60 muertos y más de un centenar de heridos, pero más allá de las
        escalofriantes cifras, el ejército de Cáceres, que había mantenido en jaque a los chilenos por
        alrededor de dos años, siendo la principal esperanza de quienes aún consideraban la posibilidad de
        expulsar por la fuerza a los chilenos o lograr una paz más sin sesión de territorios, estaba totalmente
        destruido.
 

Entre el 1º de Julio de 1882 y el 1º de Julio de 1883 el ejército del Norte (chileno), es decir las
        tropas de ocupación, sufrieron 2.426 bajas, de ellas 149 en combate, 603 por enfermedad, 1.000
        licenciados por inutilidad física  y 674 por “desaparición” la mayoría de estos últimos deserciones,
        que muchas veces terminaban enrolados en el ejército de Cáceres)

        (2) A manera de ejemplo el Capitán Sofanor Parra del Regimiento de Caballería cazadores a
        Caballo, había combatido desde Calama, el primer combate de la guerra.

        (3) Si bien existía una diferencia grande entre los batallones peruanos y las compañías chilenas, esta
        no era gigantesca, puede calcularse que la diferencia era de 1:1,5 o bien de 1:2

        (4) Entre estos según confidenció mucho después Gorostiaga al historiador chileno Encina, fueron
        pasado por las armas más de 200 desertores chilenos

        (5) Este oficial capturado por los chilenos antes de la campaña de Lima, había sido puesto en
        libertad luego de haber prometido por su honor no volver a empuñar las armas contra Chile

 

La Guerra del Pacifico ”Gloriosos Batallones de Atacama” Héroes por Siempre. www.batallonesdeatacama.org Por Felipe Varas Erazo.